23 Diciembre 2016

Mi Navidad en Vallecas

Publicado en Reportajes

LOS RELATOS DE LOLA MONTALVO

Lola Montalvo Carcelén | Especial para Vallecasweb
He de reconocer que no me gustan mucho las fiestas navideñas… el motivo no es importante y, además, me parece que quizá estas líneas van a ser leídas por personas que viven la Navidad con alegría, con intensidad y entrega, por ello ante todo, prima mi respeto hacia esos sentimientos sobre el deseo de exponer los míos.


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Lo cierto es que no siempre he sido tan rancia. Hubo una época en que la Navidad para mí era lo más bonito del mundo y esperaba estos días con anhelo; eran unas fechas llenas de alegría, felicidad por reencontrarme con personas que quería mucho y una ilusión indescriptible ante la magia que mis mayores me dibujaban y que yo bebía con avidez: el nacimiento de Jesús, los Reyes Magos, las 'pelis' de romanos… Las vacaciones del 'cole' daban el pistoletazo de salida a un frenesí que ya había comenzado más o menos el 15 de diciembre, que era la fecha en que mi madre nos dejaba montar el belén, un diorama que llenaba un aparador entero en el comedor de mi casa y en el que mi madre y mi hermano mayor echaban el resto en técnicas de paisajismo y electrónica.

Se aprovechaba el espejo del aparador para lograr un efecto espectacular que hacía que nuestro nacimiento fuera casi una ciudad de verdad… había luces independientes en el portal y luces en las casitas, en el fuego de los pastores, en el molino, en el castillo… el río y el musgo estaban muy logrados y las figuras eran repartidas en el escenario por tamaños que afinaba en la perspectiva de forma magistral. Mi hermana, mi hermano y yo nos pegábamos por poner el ángel en el portal e íbamos haciendo avanzar los Reyes Magos a lo largo del escenario hasta que el día 6 de enero lo alcanzaban y bajaban de sus camellos para adorar al Niño. Nuestro Nacimiento era un algo vivo, cambiante, en constante evolución y revisión que nos encantaba. Y fue bastante conocido hasta tal punto que nuestros vecinos y amigos se pasaban puntualmente a visitarlo; recuerdo que hasta el cura del barrio, don Florentino, vino una vez a casa a verlo, impulsado por los rumores sobre el arte belenístico de mi madre. Es triste decir que ese nacimiento fue reduciéndose en tamaño… y en ilusión con los años. Y hoy mi madre ya no lo pone. Pero, aunque escribiera mil relatos, jamás podría explicar con todo detalle los hermosos recuerdos que tengo de esos momentos en que poníamos el nacimiento y adornábamos mi pequeña casa.

La siguiente parada en nuestra celebración era la que suponían las cenas familiares. Por esas fechas de mi inocente infancia mis abuelos paternos vivían también en Vallecas, concretamente en la calle Arroyo del Olivar en un piso bastante grande con relación al nuestro del Alto del Arenal. Como muchos vallecanos, mi familia paterna emigró de otro lugar, concretamente de Jaén y, aunque mis abuelos llevaban ya en Madrid muchísimos años, en su casa la Navidad seguía celebrándose como si aún siguieran viviendo en Andalucía. Para Nochebuena todos los hermanos de mi padre con sus respectivas familias nos juntábamos en casa de mis abuelos, pero antes mis padres nos llevaban a ver el nacimiento que se montaba en la parroquia de San Francisco de Asís (nunca he sabido cómo se llamaba y, tras buscar en Internet, creo que ese es el nombre). Nos quedábamos pasmados por las figuras, tan bonitas y tan grandes, el paisaje aderezado por una luz indirecta muy suave que resaltaba las escenas. Pero el nuestro, el de mi casa, era mejor… ese era siempre el veredicto.

En casa de mis abuelos, mi abuela llevaba la voz cantante de la cocina, como mandaba la tradición. En esa época ningún hombre de mi familia pisaba la cocina ni aunque le fuera la vida en ello: alimentos y bebidas llegaban a sus manos tras dar órdenes verbales en un nivel de decibelios que hoy podrían ser delito por aquello de la contaminación acústica. Mis tías, mi abuela y mi madre organizaban cenas opíparas y sabrosas; los niños cenábamos primero y dejábamos al terminar el campo libre a los adultos… y al finalizar ellos empezaba la jarana, en todo el amplio sentido de la palabra. Yo disfrutaba muchísimo porque en esas reuniones familiares me encontraba con mi prima Susi a la que adoraba con toda mi alma y a todos los demás primos a los que no veíamos demasiado a menudo dado que no vivíamos cerca.

Mi madre, manchega de pura cepa, cantaba flamenco con mucho arte, por lo que tras la comida, en una sobremesa que se alargaba por horas, siempre se le pedía que cantara… entonces su bella voz llenaba la casa de mi abuela y los «ayes», los «oles» y las palmas; más pronto que tarde, alguien le pedía que cantara algo muy especial. No puedo escuchar «Los Campanilleros» sin que se me pongan lo vellos de punta y me emocione. Lo siento, pero ese villancico no me trae a la mente a su cantaora por excelencia, la simpar Niña de la Puebla y pido disculpas por ello; cuando escucho esa canción veo a mi madre hermosa, con esa imponente voz que llegaba a todo, joven y alegre, entregada a la fiesta, sonriente… Sí, esa canción me trae a mi madre en sus años de oro y grana. Es una pena que la vida sea tan injusta con ciertas personas buenas.

El baile, el cante y las risas se alargaban hasta altas horas. Y cuando se decidía dar el sarao por finiquitado, en el enorme comedor de mis abuelos se echaban unos colchones de goma espuma y todos los niños, que éramos unos pocos, nos poníamos los pijamas y, a mogollón, como gatitos en una cesta, nos echábamos a dormir agotados y felices por la experiencia de dormir casi-casi como en un campamento. Era muy divertido. Reconozco que no tengo ni idea de cómo se repartían los mayores para descansar.

Aunque no lo parezca esta era yo... cuando aún me gustaba la Navidad. (© Foto: ARCHIVO LOLA MONTALVO / Vallecasweb.com)Aunque no lo parezca esta era yo... cuando aún me gustaba la Navidad. (© Foto: ARCHIVO LOLA MONTALVO / Vallecasweb.com)

El caso es que por la mañana nos despertaba el olor a guisos y migas, esas migas que hacía mi abuela, deliciosas, que comíamos directamente del perol, cada uno con una cuchara, alrededor de una mesa, bajo las reglas del infalible sistema de «cucharada y paso atrás» en el que comía más el que mejor se mantenía en primera fila. Los mayores, aparte de las migas, desayunaban lo que en mi familia se llamaba «el plato», una fuente llena de fiambres y chacinas de todo tipo: chorizo, morcilla de cebolla, relleno (un embutido hecho a base de pollo, cerdo y huevos, entre otros ingredientes), tocino 'entreverao', salchichón… todo de fabricación casera; se acompañaban de pan y vino. Como ya indiqué más arriba, mis abuelos y sus hijos llevaban en Madrid décadas, pero sus costumbres estaban intactas. Era un trocito de Andalucía allá por donde iban.

Esta misma retahíla de personas, comida y jarana se repetía en Nochevieja y debo reconocer que era muy divertido y emocionante en el ámbito de una vida bastante plana, que es como se puede definir mi existencia por esos años. Cuando mis abuelos se hicieron más mayores, como se pueden imaginar, la fiesta emigró desde su casa a la de sus hijos y como ellos viven en una ciudad a las afueras de Madrid, ya no volvimos a celebrar en Vallecas hasta que mis abuelos murieron; desde entonces, nos quedamos en nuestro piso del Alto del Arenal, el Belén, ya casi reducido al Misterio o poco más, eso sí, siempre con iluminación.

Por ese tiempo mis hermanos y yo, ya adultos de pro, desaparecíamos de casa en cuanto se terminaba de cenar. Pero recuerdo una Navidad muy concreta; mi padre vivía aún. Teníamos unos vecinos extranjeros, en nuestro mismo descansillo, que venían de Marruecos y estudiaban Óptica en la Complutense. Como no estaban muy sobrados de dinero, cuando llegaban estas vacaciones no siempre podían regresar a su casa. Mi padre era un hombre muy especial, con muy mal genio, casi siempre huraño aunque buena persona, al cual nunca pude conocerle con detenimiento sus valores políticos y sociológicos porque no se expresaba… bien porque no quería o porque no lo creía necesario. Pero un día nos sorprendió diciendo que sabía que uno de nuestros vecinos estudiantes estaba solo en casa esa Nochebuena y que le daba cosa saberlo y no hacer nada. Así que nos dejó con la boca abierta tomando la iniciativa e invitándolo a tomar algo en mi casa.

El muchacho —del que sé su nombre pero no sé cómo se escribe y por ello no lo voy a intentar—, aceptó y compartió con nosotros un ratito muy agradable en el que nos contó cómo se celebraban ciertas fiestas en su pueblo. Este chico es (espero que siga siendo) bereber y nos abrió una pequeña puerta al mundo, un mundo ajeno pero hermoso y humano, que desconocíamos por completo. Nos cantó una canción llena de palabras de las que no sabíamos el significado, pero muy alegre. Recuerdo los ojos de este chico mientras cantaba, iluminados por sus propios recuerdos, por el amor de los suyos, por sus rincones queridos… y el silencio entre los míos al escucharle, la expectación sonriente dibujada en el rostro de mi padre… fue uno de los gestos más magníficos que le he visto jamás. Fue muy bonito.

No, reconozco que no me gusta la Navidad de hoy, me satura lo que supone y las obligaciones que arrastra o que impone. Me da igual que nadie me entienda… mis hijos, por ejemplo; ellos están dibujando sus propios recuerdos con un espíritu nuevo, denso y globalizado, que me resulta ajeno. Pero yo, en lo más profundo de mi corazón, tengo un tesoro escondido que me hace sonreír cada vez que lo abro y lo rememoro. Mis Navidades cuando era pequeña en Vallecas.

© Lola Montalvo Carcelén. Vallecasweb, diciembre 2016

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CONTACTO
Lola Montalvo, escritora de Vallecas
 Twitter: @Lolamont
 Facebook: lolamontalvo

(*) En la imagen que abre esta información, derecha a izquierda mi madre, Pilar; mi abuelo, Juan; mi abuela, Dolores; y mi padre, Julián. Abajo a la izquierda yo, con unos 10 años más o menos, y algunos de mis primos. Todos celebrando la Navidad en el comedor de la casa de mi abuela, en la calle del Arroyo del Olivar del Puente de Vallecas. (© Foto: ARCHIVO LOLA MONTALVO / Vallecasweb.com)

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Comentarios (1)

  • Pedro

    Pedro

    25 Diciembre 2016 a las 19:10 |
    Magníficas recuerdos de la Navidad en Vallecas. Eran muy distintas a como se viven ahora. La globalización y la era del consumismo la han estropeado, quizá lo único que quede sea la ilusión de los niños, pero a buen seguro cuando sean mayores no tendrán el espíritu navideño ni como las celebrábamos en aquellos años.

    Un abrazo Lola y muchas gracias por tu relato.

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