01 Febrero 2022

Manuel Medina, vecino de Las Domingueras: “Estoy orgulloso de haber construido mi casa con mis propias manos”

Publicado en Reportajes

Llegó a Vallecas desde su pueblo cordobés de Belalcázar

Antonio Luquero | Vallecasweb
En Vallecas, tras la erradicación del chabolismo en la década de los ochenta del siglo pasado, apenas quedan casas que fueran construidas por los vecinos con sus propias manos. Entre las excepciones, se encuentra el barrio de 'Las Domingueras', una zona de Entrevías en la que las viviendas fueron levantadas por quienes en ellas habitan. Manuel Medina, un cordobés que llegó a Vallecas hace más de sesenta años, participó en la construcción de una de esas “domingueras”.

La Historia de Vallecas se construye a diario gracias a los vecinos que la habitan. Muchos son los vallecanos que llegaron hasta aquí procedentes de otros lugares de España en busca de una vida mejor. Tras la Guerra Civil y la llegada del desarrollismo, una buena parte de la población fue abandonando la vida en el campo para trasladarse a las ciudades, lugares que creían menos inhóspitos y donde ganarse el sustento parecía más fácil.

Manuel Medina Pineda (Belalcázar, Córdoba, 1932) fue uno de ellos. En su pueblo cordobés vivía con su padre, Vicente; su madre, Adelina; y sus cinco hermanas. Al contrario de lo que desde la ciudad se pudiera pensar, la casa de Manuel era una vivienda muy aparente: “Se trataba de una casita bastante grandecita, tenía cuatro habitaciones y un patio atrás muy grande. Teníamos además unas cámaras grandes donde meter el grano. Y mi abuelo tenía también, porque la casa era de mi abuelo, una bodega, porque tenía viñas. Mi abuelo era un terrateniente bastante fuerte y tenía ganado, había tenido de todo, también era carnicero. En la casa también teníamos gallinas”.



Con sus 90 años recién cumplidos, hablo con Manuel en su “dominguera” de Entrevías, la que a base de sudor y esfuerzo construyó con sus propias manos. Sin embargo, el confort de su casa no le hace olvidar lo mal que lo pasó en sus tiempos mozos: “Yo he pasado la guerra y la posguerra, he pasado muchísima hambre, muchísima; toda la que se diga es poca. Para tener hasta que comer toda la clase de hierbas del campo, fíjese... Todo lo que se pudiera comer del campo me lo comía yo, y mis hermanas y mi madre, porque a mi padre lo metieron en la cárcel”.

A Vicente, su padre, lo metieron en la cárcel siendo Manuel aún un niño: “Mi padre fue un señor que labraba el campo, pero entonces si te dabas cuenta de lo que pasaba eras malo, y si no te dabas cuenta eras peor. Y él decía que fue peor. Mi padre era socialista, pero un socialista bueno. Se tiró ocho años en la cárcel, yo tenía once años cuando se lo llevaron preso”. Cuando su padre salió de prisión Manuel ya tenía edad para irse a la mili, que hizo en Algeciras. Hasta entonces nunca había salido de su pueblo, ni siquiera conocía Córdoba capital.

La situación en casa de Manuel, que era en realidad la casa de su abuelo, se tornó muy complicada: “Mi abuelo tenía poder económico pero no nos daba nada. Mi abuela igual, por lo que pasamos una hambre tremenda. Por eso pasamos la de Dios hasta que empezamos a trabajar. Yo empecé a trabajar mucho tiempo sólo por la comida, con trece años o así, ¡sólo por la comida!.

En Belalcázar, según Manuel, “la gente vivía y sigue viviendo de la labranza, del grano, el olivo, la aceituna, sembrar trigo, cebada, avena, centeno, y mucho del aceite y de las viñas. Y de las ovejas, había muchos pastores; ahora hay vacas, pero antes sólo había ovejas”.

“Yo he pasado la guerra y la posguerra, he pasado muchísima hambre, muchísima; toda la que se diga es poca”, recuerda Manuel. (© Foto: A. LUQUERO / Vallecasweb.com)“Yo he pasado la guerra y la posguerra, he pasado muchísima hambre, muchísima; toda la que se diga es poca”, recuerda Manuel. (© Foto: A. LUQUERO / Vallecasweb.com)

Habiendo tanta riqueza y tanto de donde comer, ¿cómo es que la gente como Manuel pasaba hambre y tenía que salir del pueblo?: ¡Pues porque no había curro! Porque las tierras eran de terratenientes. Los terratenientes llegaban a la plaza del pueblo y decían: "¡Tú, tú y tú vete para mi finca, allí está el manijero [capataz] y os dirá lo que tenéis hacer!" El que no le caía bien se quedaba sin trabajo. Eso era a diario. Cuando te necesitaban para trabajar te llevaban y te daban una peseta al día por estar trabajando de sol a sol. Ahí trabajaba todo el mundo”. Y no había más, o tragabas con las condiciones o te quedabas sin comer.

Otro de los dramas que vivieron aquellos niños de la guerra y la posguerra fue la educación: No pude ir a la escuela, me sacaron a los 5 años y ahí se acabó. Aprendí a escribir pero bueno, lo poco que sé lo aprendí aquí, en la Cooperativa, cuando ya era mayorcito y tenía a mi hijo y a mi hija. Me apunté a la academia y ahí aprendí lo poco que sé”. Manuel se refiere a la Sociedad Cooperativa de Viviendas de El Pozo, que durante años organizó unos cursos de alfabetización gracias a los cuales muchos vecinos de Las Domingueras lograron acceder a la lectura y la escritura, algo que no habían podido conseguir siendo niños.

Ante semejante panorama, pregunto a Manuel si él, cuando era pequeño, tenía algún sueño para cuando se hiciera mayor, si quería ser algo en la vida: “En aquella época los niños y los jóvenes no pensábamos en nada de eso. Cuando a mi padre se lo llevaron a la cárcel, se llevaron también a mi madre, a un tío hermano de mi madre y a su mujer, y nos dejaron empantanada la era sin poder trabajar. Así que nos juntamos entre todos los muchachos y con una yunta de mulas que era una bendición las puse a trabajar. Yo con sólo diez años levantaba el yugo, me ponía en pie, decía que entrara una, luego la otra, y entraban. Trillamos todo, lo limpiamos todo y luego lo guardamos”. El problema no estaba, pues, en fantasear qué quería ser uno en el futuro, sino en cómo salir adelante en el día a día.

Sin embargo, aunque Manuel y otros amigos del pueblo no tuvieran un sueño concreto que cumplir, el “runrún” por querer salir de esa situación empezaba a rondar las mentes de los más jóvenes: “Cuando vine de la mili, ya había mucha gente que se había ido a Alicante, Barcelona… estoy hablando de los últimos meses de 1954 y principios de 1955”.

Es ahí cuando Manuel decide dejar de pasar penurias en el pueblo, de estar a expensas de los caprichos del terrateniente de turno, y trasladarse a Madrid: “Cuando yo decido venirme a Madrid mi padre ya estaba aquí. Él vino primero, en cuanto pudo tras salir de la cárcel. Se vino de patrón [pensión] a Carabanchel y allí estuvimos un mes o dos de patrona en una casa, sólo para dormir”.

¿Qué sintió este joven cordobés al ver por primera vez la ciudad?: “Cuando llegué a la estación de Atocha se me vino el mundo encima. Yo vine a Madrid con 25 años pero nunca había salido de mi pueblo, sólo a Algeciras para hacer la mili. Y había pasado una noche en Córdoba porque era allí donde teníamos que reunirnos los chavales de los pueblos de la misma Región Militar, porque tampoco había estado nunca en Córdoba. Al llegar a Atocha se fue con su padre a pasar la noche a la pensión de Carabanchel: “Era una habitación con cuatro camas donde dormíamos con gente a la que no conocíamos de nada”.

Fue ahí cuando apareció en la vida de Manuel la palabra mágica que nos trae hasta aquí: Vallecas“Mi padre se enteró de que en Vallecas era más barato porque había algunos paisanos del pueblo que ya vivían aquí. Un día, cuando llegó de trabajar me dijo: “Nos vamos a Vallecas porque nos cobran la mitad que aquí en Carabanchel y nos dan lo mismo”. Así es que nos vinimos a Vallecas. Cogieron una habitación que compartían con dos hermanos, pero a mitad de precio. Así fue como Vallecas y Manuel ligarían su historia para siempre.

Aposentados ya en Vallecas, lo importante era trabajar para poder enviar dinero a su madre y hermanas que seguían viviendo en Belalcázar: “Cuando mi padre se vino a Madrid empezó a trabajar de albañil. Así es que, al llegar yo, me puse también a trabajar en la construcción. Estuvimos haciendo pisos en Caño Roto, en Carabanchel, cientos de viviendas de aquellas que luego las han vuelto a tirar para hacerlas nuevas”.

La habitación que Manuel y su padre alquilaron y que les sirvió de primer refugio estaba en un sitio fácilmente reconocible para cualquier vallecano: Era una habitación de cuatro camas que estaba en la calle Puerto de la Bonaigua, al lado del Cine París. Por aquel entonces mi padre cambió de trabajo, se hizo guarda en el Hospital Clínico, así es que trabajaba de noche y dormía de día”.

Un día, estando con unos compañeros en Puerto de la Bonaigua, se enteran de algo que cambiaría sus vidas: Cuando estábamos buscando una habitación para irnos a El Pozo y poder vivir allí sin tener que compartir con otras personas y poder traernos a mi madre y mis hermanas, nos enteramos de que van a construir algo en Entrevías, en unos campos que había sembrados de cebada y lentejas”. Esa noticia que acababan de recibir Manuel y su padre no era más que la constitución de una nueva Cooperativa que daría lugar a la construcción de Las Domingueras. “Nos convocaron a una reunión en la que éramos unos veinte, los veinte primeros que nos apuntamos, y unos dos o tres preguntaron algunas cosillas sobre las casas. Así fue como se constituyó la Cooperativa”. Los vecinos tenían que pagar una cuota para poder formar parte de la misma.

María Luisa, hija de Manuel, en el patio original de la dominguera de Entrevías en una imagen datada en 1969. Con el paso de los años, los vecinos hicieron mejoras en sus viviendas. (© Foto: ARCHIVO FAMILIA MEDINA SÁNCHEZ / Vallecasweb.com)María Luisa, hija de Manuel, en el patio original de la dominguera de Entrevías en una imagen datada en 1969. Con el paso de los años, los vecinos hicieron mejoras en sus viviendas. (© Foto: ARCHIVO FAMILIA MEDINA SÁNCHEZ / Vallecasweb.com)

La Cooperativa consistía en que el Instituto de la Vivienda facilitaba los terrenos, mediante un equipo de arquitectos se desarrollaba el proyecto, se trazaban las calles, se establecían los cimientos iniciales así como los servicios de agua y alcantarillado, pero las viviendas las tendrían que levantar los vecinos con sus propios medios: “La gente de la Cooperativa nos hizo los arranques de las viviendas y luego a partir de ahí los tabiques y los tejados ya los tuvimos que hacer nosotros. Como entre los cooperativistas había de todo: oficiales, albañiles, peones, fontaneros, electricistas… nos dividimos en cuadrillas de unas veinte personas y nos encargamos de hacer bloques de veinte casas, como en mi calle. Las veinte familias colaboramos en hacer las veinte casas. A veces venían estudiantes que nos echaban una mano. Esto se empezó a primeros de 1958 y en 1959 ya estaban hechas, estuvimos trabajando unos 2 años, y sólo se construían en fines de semana y fiestas. El hecho de que los vecinos tuvieran que levantar las casas en sus días libres, es decir, en domingos y festivos, determinó que a estas viviendas se las empezara a conocer como Las Domingueras.

La construcción de Las Domingueras fue un trabajo solidario en el que cada cual daba lo mejor de sí y aportaba sus conocimientos en materia de construcción: “Lo hacíamos así, todos trabajamos en las casas de todos. Yo no hacía sólo mi casa, hacía la mía, la de al lado, la de más allá. Y otros hacían la suya y determinadas cosas de las de otros y de la mía. Así conseguimos hacer todas las casas a la vez”. A veces tenían problemas con los materiales ya que, por ejemplo, no siempre conseguían que todos los ladrillos fueran iguales. De vez en cuando —apostilla Manuel— “venían arquitectos para comprobar que todo estaba bien”.

Si algo recuerda con cariño es el ambiente que se vivía en el barrio cuando todas las casas comenzaron a estar habitadas: “En aquella época se vivía bien. Los vecinos nos juntábamos todas las Nochebuenas. ¿Tú sabes la que se liaba en este comedor? Toda la juventud venía aquí porque todos éramos jóvenes y se formaba cada baile de miedo. Yo nunca he bebido, no he sido bebedor, pero a las siete de la mañana aún estábamos correteando por el barrio en busca de los vecinos para tomarnos un chocolate, un café... Se hacía mucha vida de barrio”.

Manuel en Vallecas, en 1959, delante de su recién estrenada dominguera. Le acompaña su hermana Paca. (© Foto: ARCHIVO FAMILIA MEDINA SÁNCHEZ / Vallecasweb.com)
Manuel en Vallecas, en 1959, delante de su recién estrenada dominguera. Le acompaña su hermana Paca. (© Foto: ARCHIVO FAMILIA MEDINA SÁNCHEZ / Vallecasweb.com)

Luisa Sánchez, esposa de Manuel, también es de Belalcázar. Ambos se conocían desde niños pues en el pueblo vivían en la misma calle. En la actualidad, Luisa está en una residencia. En Vallecas tuvieron dos hijos: María Luisa y José. En la imagen, Luisa en la escalera de su dominguera con su hijo José en brazos, y sus hermanos Antonio y Antero en septiembre de 1960 . (© Foto: ARCHIVO FAMILIA MEDINA SÁNCHEZ / Vallecasweb.com)Luisa Sánchez, esposa de Manuel, también es de Belalcázar. Ambos se conocían desde niños pues, en el pueblo, vivían en la misma calle. En la actualidad, Luisa está en una residencia. En Vallecas tuvieron dos hijos: María Luisa y José. En la imagen, Luisa en la escalera de su dominguera con sus hermanos Antonio y Antero, y su hijo José en brazos. Era septiembre de 1960. (© Foto: ARCHIVO FAMILIA MEDINA SÁNCHEZ / Vallecasweb.com)

Manuel y su hija María Luisa en el patio de su dominguera en Entrevías. (© Foto: A. LUQUERO / Vallecasweb.com)Manuel y su hija María Luisa en el patio de su dominguera en Entrevías. (© Foto: A. LUQUERO / Vallecasweb.com)

Antero y José, cuñados de Manuel Medina, y Alfonso, un vecino de dominguera, hacia 1960 ó 1961. Como puede apreciarse, el muro era de ladrillo calado, con huecos que facilitaban la ventilación de las viviendas y dejaban ver el interior de los patios. (© Foto: ARCHIVO FAMILIA MEDINA SÁNCHEZ / Vallecasweb.com)Antero y José, cuñados de Manuel Medina, y Alfonso, un vecino de dominguera, hacia 1960 ó 1961. Como puede apreciarse, el muro era de ladrillo calado, con huecos que facilitaban la ventilación de las viviendas y dejaban ver el interior de los patios. (© Foto: ARCHIVO FAMILIA MEDINA SÁNCHEZ / Vallecasweb.com)

Según Manuel, la vida en los primeros años de Las Domingueras se asemejaba mucho a la de su pueblo, con las puertas de las casas abiertas durante todo el día. En la imagen, Manuel con su hija María Luisa y su nieto Alberto junto a la escalera de acceso a su vivienda. (© Foto: A. LUQUERO / Vallecasweb.com)Según Manuel, la vida en los primeros años de Las Domingueras se asemejaba mucho a la de su pueblo, con las puertas de las casas abiertas durante todo el día. En la imagen, Manuel con su hija María Luisa y su nieto Alberto junto a la escalera de acceso a su vivienda. (© Foto: A. LUQUERO / Vallecasweb.com)

“En los veranos igual: la gente se juntaba y salía con las sillas a la puerta de sus casas, ¡esto era un jolgorio! Aunque eso se sigue haciendo, ahora está muerto. En la calle Villacarrillo, enfrente de la Petra, había un bar y una tasquilla, y lo pasábamos de miedo: comíamos caracoles, mejillones… ¡era la rehostia!”, rememora Manuel esbozando una leve sonrisa.

La vida de Manuel en Vallecas estuvo dedicada al trabajo, como la de la mayoría de vecinos de una generación que está a punto de caer en el olvido: “Estuve de peón de albañil cinco años, y también tres de ferrallista; luego me metí de barrendero y estuve 35 años barriendo las calles de Madrid. Yo no barrí en Vallecas, pero si por la Plaza de España. Allí, cuando se murió Franco, solía haber manifestaciones, había lío todos los días. Nos tiraban las vallas, las papeleras, todo”.

La distribución interior de las domingueras de Entrevías es muy similar, aunque con pequeñas personalizaciones: “Nosotros hicimos tres habitaciones arriba; con un hall que tiene un armario a lo largo de él que servía como trastero. Abajo un comedor, la cocina, un patio delantero y otro trasero pequeñito que nosotros utilizamos para cuarto de baño. Algunos hicieron después una terracita sobre el patio”. Y nos apunta Manuel que aunque las viviendas en origen no estaban muy bien aisladas contra el frío y el calor, la gente ha ido poniendo materiales de aislamiento a lo largo de los años. También que una de las ventajas de estas casas es que vinieron equipadas con servicios que aún eran un lujo inalcanzable para muchos vallecanos de la época: “Cuando nos vinimos a vivir ya teníamos de todo: agua, luz, alcantarillado... Cuando esto estaba levantado, en El Pozo seguía habiendo chabolas y mucho barro”.

A Manuel, Las Domingueras siempre le han recordado su pueblo de Córdoba, con sus fachadas encaladas de blanco y sus patios donde salir a refrescarse en verano y poder tener plantas y flores: “Pues sí, y El Pozo también, con los nombres de sus calles. Hay muchos nombres de pueblos de Jaén y de otros sitios de Andalucía. En mi pueblo toda la juventud nos juntábamos en la calle y aquí hacíamos igual saliendo a las puertas de las casas. Antes, las puertas estaban siempre abiertas. Los muchachos de enfrente se venían aquí, porque siempre les dábamos algún caramelo, alguna chuchería”.

La vida de las gentes de Las Domingueras, como la de la inmensísima mayoría de vecinos de Vallecas, se ha labrado siempre a base de esfuerzo, trabajo, sacrificio y honradez. Y eso, no cabe duda, es motivo de orgullo para personas como Manuel: Yo he trabajado en esta casa como un esclavo; cuando la empezamos a hacer tuve que sacar hasta cuatro y cinco camiones de tierra para poder nivelar el terreno, porque había un metro de alto por lo menos. Por eso, de lo que más orgulloso estoy es de haber hecho mi casa con mis propias manos.

Desgraciadamente, pocos días después de llevarse a cabo esta entrevista en su casa de Las Domingueras, Manuel falleció en Vallecas. Una noticia que nos llenó de enorme tristeza. Sirva pues su testimonio como reconocimiento a todos aquellos vallecanos que, llegados desde cualquier parte de España o del Mundo, hicieron y hacen de Vallecas un lugar del que sentirse muy orgullosos. Descanse en paz, Manuel, un vallecano cordobés de Belalcázar.

(*) En la imagen que abre esta información, Manuel Medina Pineda en el comedor de su casa en Las Domingueras. (© Foto: A. LUQUERO / Vallecasweb.com)

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Comentarios (2)

  • Lourdes Serna

    Lourdes Serna

    01 Febrero 2022 a las 16:07 |
    Toda mi admiración a mi vecino, el mejor de mi rellano. Mi marido, mis hijas, mis nietos te recuerdan por los caramelos de café y yo te echamos de menos SEÑOR MANUEL, D.E.P.
  • Fernando Alonso Aguado

    Fernando Alonso Aguado

    01 Febrero 2022 a las 16:10 |
    El señor Manuel. Porque para mí siempre será un señor, a pesar de la cantidad de veces que cuando hablábamos me decía que no le tratase de usted. De lo mejorcito con lo que me he topado en esta vida, siempre tenía una sonrisa para compartir, a pesar de que la pandemia se lo puso difícil para él y para su esposa.
    Cuando me enteré de su fallecimiento, se me encogió el corazón. El mejor vecino que se puede tener y como no el mejor amigo. No olvidaré nunca los ratos de conversación juntos y guardaré como oro en empañó la última foto que les tome a él y a su esposa en plena pandemia.
    Siempre le llevaré en el corazón con mucho cariño Manuel.
    Que la tierra te sea leve. D.E.P.

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